Cuando se tiende al silencio dentro de nuestra mente, un sin número de
pensamientos irrumpen la concentración del explorador. Sutiles poderes que
emergen de los restos de vivencias y experiencias que un ojo espectador ha
capturado, vivido, e interiorizado y en cuyo camino de la transformación, los
viejos cascarones han perecido, no quedando nada más que errantes fantasmas que
molestan en la noche cuando reposa el inestable orquestador. Y, aun así, estos
espectros son capaces de mover los hilos de la conciencia para proyectar la
voluntad de su creador o de su interpretador, lejos de los cielos de donde
alguna vez vio nacer la luz de su ser.
Sea la carne el medio por el que se sirven las huestes de diabólicos y
angelicales pensamientos, los cuales han escogido a los sentimientos como
consortes de los cuales no se separan. Y juntos, cual perfecto matrimonio que
nadie osará separar, moldean absolutamente el cuerpo siguiendo todo patrón que
armoniza con ellos, y por lo mismo, no extrañe a nadie ver portentosas y
majestuosas esculturas, así como también la aparición de figuras teratoides;
que son vivos hijos de los primeros.
En estos hijos, se ha vertido el secreto de la divinidad, la cual es
esencia prima en todos los seres del universo. No importa las prendas que
vista, ni los colores que ose usar sobre su piel, pues la marca de su
nacimiento se ha escrito con algo más doloroso que una cicatriz, más vital que
la sangre y más común que la tierra del suelo.
De la misma marca, el que fue su padre y madre, acciona su voluntad, ya
sea con sutiles soplidos o con fuertes retumbos. El que sabe que los dos son
realmente uno y, que ese uno son los tres originales, llegó al principio y
puede ver el final, pues está parado siempre en él.
Y aquel que se yergue sobre su suelo apuntando al cielo para empezar a
crear, sabe en verdad la procedencia de su linaje, y con el pensamiento soldado
a sus sentimientos, suelta palabra manipuladora que hace que los que no lo
conocen se arrodillen ante la majestad de su milagro.
Pero las bestias ladran cuando la
luz creadora ciega sus impíos ojos. Se calcina la mente ignorante incapaz de
comprender el trinar del poderoso milagro. Por ello atacan y calumnian,
enterrándose con todo aquello que creen ser. Y el miedo entonces es invitado a
derramar el agrio y pestilente vino sobre todos los que duermen en el seno de
la falsa humildad. Veneno impío que evita que todo viajero perdido transija
sobre sus propios pasos, corrosiva sustancia que nubla el juicio de los sabios,
que encoleriza a los poderosos hijos del cielo.
Es en este baile de delicadas melodías donde se marchita la vida, y
donde solo los que aprenden el ritmo de la música pintan sobre preciosos oleos.
Aquí donde la voz resuena en cada rincón acallando los lamentos del alma. Donde
las cuerdas de los hombres son aladas por el maestro del teatro, quien les
obliga a poetizar con la desgracia de sus vidas…
No hay comentarios:
Publicar un comentario