Aturdidor sentimiento que acompañas mi dolor...
Cura la herida que sangra de mi fallida pasión...
Limpia las lagrimas que resbalan del ciego orador...
Con la luz de las velas ilumina el camino del embriagado soñador...
Y con un canto ahuyenta de mi la melancolía que estorba mi ensoñación.
Que no soy más dueño de mis palabras, que no soy mas invitado en la pequeña habitación
Si los cielos voltearan su mirar hacia mi desgracia, quizá su dulce viento arrancara de mi la sofocadora decepción
Que las plagas de mi mente, hijas mías, vuelen lejos de mi hacia el portal de la materialización
El fatigado caminante se arrodilla entre sollozos ahogados por su vil orgullo y clama por el descanso que por derecho le es otorgado cada noche.
La tormenta mental es combatida con el reposo del cuerpo mientras el alma restaura el mundo.
Y entre tumultuosos sueños, las musas evocadas por el llanto de el niño, abaten las impurezas de sus palabras, entre maldiciones estorbosas labran con oraciones al eterno amor.
Y las espinas son espulgadas, el veneno drenado y los golpes sanados.
Pulcritud en la pequeña habitación, luz en el oscuro aposento, perfecta sanidad en la sagrada mansión.
Todo es entregado al amo que vuelve a evocar dulces palabras; la ternura ha vuelto de la dolorosa tempestad que aquejaba al soporoso amante. Con un sutil y jugoso aroma, es despertado a desayunar la más turgente y sabrosa fruta que nació apenas en esta noche.
Por que todo oscila de un extremo al otro, ellas lo saben bien; pues de un pantano que hiede podredumbre, han de transmutar todo en un jardín celestial.
Repuesto caballero, ahora aprende tu a transformar la muerte en vida, el dolor en gozo, el llanto en risas, y el odio en amor.
Jeroban Guerrero
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