El padre de la fuerza y el talento hace un llamado a sus hijos, desde las alturas en donde se
manifiesta lo divino, una orden es dada a las arenas del mundo, en cuyo seno se vuelca
su voluntad para formar a los elegidos en su misión.
Y de la superficie de la inmundicia, el talento forja a los inmensos guerreros, que sedientos de aventuras y movidos por los hilos de la voluntad, se yerguen sobre los suelos para hacer sentir su paso. Mas la brisa enviada del cielo les hace sentir la imperiosa necesidad de conquistar los desiertos, y en su suelo árido, esparcir las semillas de su dios.
Gigantes monstruosidades evolucionan cada día; pues con con su desarrollo alaban al semejante que les dio luz.
Él ha desecho su cuerpo; y en la inmensidad del espacio lo ha ocultado para alimentar los sueños de sus seguidores.
De la gran coronaria se derrama la flama de su pasión en forma de sangre, que baña aquel corazón sincero, en un mar de herviente potencial que escapa como si de esclavos se tratara, a la reunión de todos los señores. Y en un cáliz se sirve el fluido, pues inflama la mente de los aventureros, que han de embarcarse al origen de aquella bella sustancia.
Todos danzan cual muertos en vida, buscando la fuente y clamando por ella. Y el padre solo mira atento y sigiloso que encuentren su morada. No es que desprecie a aquellos que se cansan de buscar, solo que no canaliza con aquellos que dicen que eso no va a suceder.
Las puertas de aquel mundo están abiertas, pero no son visibles a todas las miradas. Los tontos y los despistados no las hallaran, así fuercen su sentidos y su corazón; aunque crujan los dientes y desgarren su piel con sus uñas, ni así el camino ha de develarse.
Los colosos de arena lo saben, saben que el mundo es suyo, que el universo son ellos mismos y que sus ojos son el espejo de aquel que les forjó.
Pero no todos son como ellos, no todos nacieron de la arena, por que tampoco es uno el padre, ni es muchos ni varios.
Lo cierto es, que hay un gran espectáculo que ocurre allá afuera, seamos testigos de esta gran obra de quienes rigen todo nuestro universo.

Jeroban Guerrero Cahuantzi