PAZ EN EL CENTRO DEL MUNDO
Siempre, cuando se sienta a pensar, reposa el centro del mundo en el respaldo de su asiento y espera pacientemente al fresco y refrescante beso de la memoria. Enseguida sumerge su tiempo en las olas tempestuosas de un mar de delicados sentimientos, y los fantasmas aparecen. Le asustan, le distraen, le aturden y le dañan. Pero la férrea decisión de disolverles le alienta a sangrar aún más las heridas. Heridas lacradas por actos viles, felonías infames hacia el tonto e insulso inocente.
La sangre discurrió por los bordes, pero también emergió de los labios. Y siendo signo de pronta actuación, toda alevosía coaguló merced a las pasiones que le impulsaron a su propio amor. Y como si fuera hechizo del mismo demonio, toda podredumbre se lanzó fuera de él. Por seis y un día por dos y una noche, por todo uno se figuró a la paz del centro del mundo.
Ahora, se dispone a levantarse, y siempre espera fervientemente el primer latido de su razón. Sano está, para volver a tomar su tiempo de las frías aguas yacientes en el río de los muertos.
JerGuers.


