Le expulse de mi corazón bañada
en rezos de gloria, y entre coplas de ardiente sentimiento adorne su desnudez. Impetuosa hija de la razón
y la desilusión, nacida bajo la luz de la resolución, embistió toda barrera de orgullo. Y rápidamente
se incorporó cual figura adulta que impone su presencia entre los desprevenidos.
Entre sus bellas manos tomó delicadamente la hoja de plata, aquella que usa la
verdad para infringir dolor, pues solo ella misma la poseía. Con filoso
artilugio asesino al ego de un mortal zarpazo, y esta fue libertadora de toda
sombra de ilusión. Con la mirada clavada en los restos del oscuro, recogió la podredumbre
y la oculto bajo el peso de siete capas de tierra. Finalmente, con un canto
amoroso despidió al que le impedía nacer. Abrió los brazos a la totalidad de su
nueva tierra y lazó a los tempestuosos vientos, las semillas de una inagotable vegetación.
Miré lo que había hecho y ella me invitó a sentarme en su dicha, y nunca más
pude morir de nuevo…
