Los tonos de tres angustiadas
cuerdas resonaron en la mente del desvalido, tres hermanas que oraban bajo el
arrastre del arco envolvieron los vientos en deliciosa melodía, y endulzaron
los albores que asesinaban las osadas sombras de una inmortal noche. Los
llantos de la perpetuidad calmaban con el aliento de angélicas cuerdas, que
movidas por la angustia de su impetuoso concertista al aclamar la llegada de un
nuevo día.
Finalmente la noche se redujo a
retazos en la memoria de los nocturnos. Y una fiesta de resonancias ahogó las
voces de las tres angustias. Y en un momento la noche se hizo de día, y las
habitaciones en todos los rincones del cielo se llenaron de luz; por fin los
rumiantes dejaron de masticar, y murió todo deseo de perpetuar la penumbra.
El desvalido levantó nuevamente
la mirada, y tambaleó hacia la salida, para alimentarse de la luz de un nuevo
amanecer. Enterrando los restos de una tortura bajo sendas carcajadas que
encadenaron todos los cadáveres rumiados por un hambriento monstruo de
confusión.
