Ciclos de su Santidad
Después de enfrentar al oscuro y
eterno lado de la unidad; su vista que tornó al pasado donde posó su atención en
un campo baldío donde todos sus hijos yacían agonizantes, pues sus voces habían
sido silenciadas por la protesta de su imponente santidad.
Con una mano el aire arrancó las
palabras de sus adversarios y con agujas de mentira selló sus labios, atándoles
con hilos de odio, calló por siempre la voz que le atormentaba. Bajo una
promesa vestida entre bordados finos, envolvió a un gran ejercito de ciegos,
quienes le obedecieron para sepultar la verdad, y hacer la voluntad de su
santidad.
Su santidad condena, su santidad
seduce, su santidad limita y ata a todos sus seguidores bajo reglas de fuego,
ridiculizando y sentenciando al exilio a quienes levanten palabra sobre la
suya. Pues ninguno de ellos vuela más lejos de su reino si no es para morir en
el exilio. Orgulloso y pendenciero; proclama sus leyes a viva voz señalando un
camino, convenciendo de que es el único entre muchos otros, sin siquiera
atreverse a explorar los demás, pues dice, aquel que lo hiciera sumiría su
mente en el error absoluto.
Pero quien miró debajo de las
telas bordadas en sangre y oro, volvió su atención a sus hijos fallecidos. Su
santidad le observó y lo despojó de cada título pronunciado bajo su bendición.
Arrojado a las penas de los silenciados, exhumó a su primogénito, limpió sus
huesos con el vino de su gloria cual sangre derramada de sus venas y arterias,
y le dio nueva vida.
Hijo pisoteado y maldecido por
los adeptos de su santidad, abrazó la verdad con la que venía vestido, y uno a
uno les glorifico al liberarles de las ataduras que aprisionaban su
entendimiento. Tomó cada una de las mordazas del pueblo y las pisoteó enfrente
de cada uno. Desposeídos de los artilugios que les dieron como arma para
defenderse de las contraposiciones, uno a uno se sumó a la fuerza del
primogénito de la abjuración.
Y su santidad temió, y el odio
que escondía por fin surgió a la vista de los feligreses, la calumnia fue el
soporte de su decrepita figura. Un cadáver que primero habló de amor, pero
nunca olvido el odio; que prometió bondad sin antes actuar con malicia. En su
política de idealismo portó la espada de la intolerancia. Refugiándose en un
palacio de discriminación embellecido con colores de aceptación. Épica batalla
librada entre una idea avivada con el aliento de un desertor, y el cadáver de
una suposición que resistía sostenido por los brazos de los sacrílegos
peregrinos. Se impuso lo nuevo sobre lo viejo, y el primero se nombró así mismo
su santidad… y su santidad condenó, su santidad sedujo, su santidad limitó…
Jeroban Guerrero C