miércoles, 1 de enero de 2020

Cultivando un deseo


Un flujo de enorme energía ha derramado en mi los más poderosos pensamientos.
En mi corazón y en mi mente han avivado la flama de los deseos.
Como fuente inagotable de combustible, aquello llama mi cuerpo a la acción.
Con cada movimiento, con cada suspiro, con cada paso que doy; una fuerza tremenda me
guía al final del oscuro pasillo de lamentos, al final de un infierno artificial.
Empoderado ser que alza el cetro del destino y del poder sobre la tierra virgen y fértil,
dispersa las cenizas del enemigo embestido, y al mismo tiempo, arroja las semillas
desde los cielos, con el solo propósito de llamar a sus hijos ante su presencia.
Colmarse de bendiciones, alegrarse la existencia, y experimentar la eternidad de una
creación, es el anhelo del emperador. En compañía de una melodía imponente y sagrada
reúne de los vientos el aliento de dios para arder los corazones de los muertos y volverlos
al universo de su más grande señor.
Con cada gota de sangre, con cada nutriente de su carne; aquel alimenta desde la tierra las raíces de aquellas semillas del cielo, y en el cielo mismo plasma con un dedo la majestad de su reino. Portentosa y fulgurante llama de vida que arroja desde sus entrañas, con que nutre a sus hijos para verles crecer, y con tijera en mano, corta las partes necrosadas de estos niños, con el fin de evitar que
la peste corroa todo su cuerpo y lleve a todos de vuelta al abismo.
Sabio consejo el que sigue nuestro soberano al ocultar la cabeza de sus retoños bajo un manto harapiento y sucio, pues ni la codicia ni la envidia posan sus ojos en lo que esta despulido.
Si tan solo su atención se alejara de el tiempo, hace mucho que hubiera ya cosechado a sus pequeños... Si tan solo el Jero os dijera su secreto.

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